Strip Poker:
Un AS bajo la manga

 

Marco expuso sus cartas sobre la mesa. Nina llevó sus manos a la cabeza con una amena expresión de desconcierto y frustración. Su sonrisa, que invadía los sueños más húmedos de Marco, decoró su rostro dulce, minado de pecas redonditas color miel. La cara de Marco, en cambio, parecía congelada. “Cara de póker”, la describía Nina.

No entiendo cómo lo haces —dijo ella meneando la cabeza.

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Marco estaba de racha. Sobre la mesa no había fichas, ni dinero ni nada por el estilo. El que perdía iba quitándose prendas de ropa. El suéter, la bufanda, el sombrero, las medias, la camisa y las bragas de Nina estaban acumuladas junto a un cenicero y un par de botellas de vino.

Nina traía loco a Marco. Él temía haber entrado en esa fase “de amigos”, aunque insistía en sentar su posición. Le daba pequeños regalos sugerentes, la invitaba a salir con intenciones bastante claras y mostraba ciertas señales que, a diferencia de cuando jugaba al póker, eran tan claras que hasta un ciego las habría visto.

Nina tenía sus dudas. Estaba saliendo de una relación que por poco acaba con su vida emocional y no estaba para más complicaciones. En todo caso deseaba, sin ansiarlo, algo pasajero, momentáneo. Un desliz que tal vez podía derivar en algo más serio. Y en el fondo también le tenía muchas ganas a Marco, aunque según su ángulo no pudiera leerlo, ni cuando estaban en una cita ni mucho menos cuando sacaban las barajas para jugar al póker. Por alguna extraña razón, aunque la tensión entre ambos era más que obvia, las cosas no se habían concretado. Una noche, borrachos hasta el tuétano, terminaron en casa de Marco y durmieron juntos. Literalmente durmieron, pues sus respectivas pasiones pasaron a segundo plano apenas tocaron la cama. La idea de jugar al strip poker fue de ella y eso le daba a Marco una amplia esperanza.

Va, te toca —dijo Marco.

Marco mostró el vestigio de una sonrisa de victoria cuando Nina procedió a quitarse el brasier. Sus senos eran tal y como los había imaginado. Miles de veces había fantaseado con él mismo besando esos pezones perfectos como botoncitos de chocolate y avellanas.

Nina encontró sus ojos por un instante y sonrió entre abochornada y complacida. Sólo le quedaba puesta la falda. Su truco de agregarse más ropa antes de empezar no le había servido de nada. Marco, si acaso, sólo se había visto forzado a quitarse los zapatos.

—Hagamos un trato —propuso Nina—. Si gano esta mano me das algo más que tu ropa.

Marco arrugó el ceño.

Todo o nada, Marco —dijo recogiendo las cartas y picando el mazo.

Estaba perplejo. Su rostro bastó para expresar sus preguntas.

Bueno, puedo darte algo a cambio si tú ganas —prosiguió ella—, pero ésta es la última jugada.

Marco se recostó sobre el respaldo de su silla. Ya había llegado tan lejos y no quería arriesgarse. Al menos podía verla desnuda y ver si así sí se daban las cosas. Claro, por otro lado podía pedir mucho más.

—¿A qué te refieres con todo? —preguntó interesado.

Todo es lo que quieras —pronunció Nina en un modo que a él le sonó como un sueño hecho realidad—. Y nada es… pues nada —agregó con una sonrisa que incitaba aún más a Marco.

¿Lo que quiera?

Nina asintió sin quitarle esos ojos tiernamente lascivos de encima.

Pero —dijo ella—, si gano yo, tengo derecho a pedirte algo a cambio.

A Marco le costó contenerse. Sintió su corazón brincar y un desbarajuste en sus pensamientos. Sabía que podía ganar, estaba seguro de ello. También sabía que el azar es traicionero, pero aceptó.

Nina repartió las cartas y dispuso dos sobre la mesa. Luego miró a Marco y le hizo un gesto con el mentón. Él pidió otra carta. Ella pasó. Por un instante Marco vio pasar el fantasma de la inseguridad en su mente. Nina notó cómo él, casi imperceptiblemente, arqueó la ceja. Luego vio una especie de falso brillo en su retina. Una expresión de ilusión.

Marco puso sus cartas sobre la mesa: trío de corazones. Un silencio se impuso en la sala. Nina miró las cartas, miró las suyas. Puso cara de derrota, pero de inmediato la cambió por una de victoria y azotó su mano para exponer su full house. Marco se quedó frío. Había caído en su trampa.

Lo celebró alzando sus brazos, haciendo bailar sus senos. Marco permanecía inmóvil, incrédulo, viendo las cartas sobre la mesa.

Ahora bien —dijo de pronto Nina dirigiéndose a su cuarto—, voy a cobrar mi ganancia. ¿Me acompañas?

Marco levantó la vista extrañado.

Quiero que me lo comas —susurró Nina.

No hizo falta nada más. Marco se levantó de su silla como un relámpago y corrió detrás de ella. Ni siquiera prendieron la luz. La suerte estaba echada para ellos, finalmente. Nina lo tomó por el cuello de la camisa y lo hizo caer junto a ella en la cama. Él besó sus senos y recorrió cada tramo de la curvatura de su cuerpo desnudo. Fue descendiendo por su pecho y por su ombligo, poco a poco, con la punta de su lengua caliente, perdiéndose en la flor húmeda entre sus piernas. Nina hundió sus dedos en la cabellera de Marco, gimiendo y pidiéndole que no parara. La suerte le sonreía. Había aprendido del mejor. Sólo había que saber jugar bien las cartas y sacar en el momento justo el as bajo su falda.

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